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Por: Francis Velarde
Introducción: nada desaparece por completo.
La moda cambia, pero rara vez desaparece. Lo que alguna generación consideró antiguo, extraño o pasado de moda puede convertirse, años después, en la tendencia favorita de los jóvenes. La diferencia es que hoy ese regreso ocurre a una velocidad nunca antes vista: un video de pocos segundos puede recuperar una estética de hace veinte o treinta años y convertirla en un fenómeno internacional.
En 2026, las nuevas generaciones conviven con una mezcla particular de pasado y presente. Mientras regresan estilos de los años noventa y principios de los 2000, aparecen expresiones nacidas directamente de la cultura digital, como el llamado “aura farming”, los contenidos de estética nostálgica y comunidades como los therians.
Este fenómeno no es completamente nuevo. En décadas anteriores también existieron modas juveniles que sorprendieron a los adultos: los pantalones acampanados de los años setenta, los peinados voluminosos de los ochenta, el grunge de los noventa o la estética Y2K de principios del siglo XXI. Lo novedoso es que ahora las redes sociales permiten que una tendencia nazca en un lugar y sea imitada casi simultáneamente por jóvenes de diferentes países.
La pregunta, entonces, no es solamente qué está de moda, sino por qué los jóvenes necesitan adoptar, transformar o recuperar determinadas tendencias y qué efectos puede tener este fenómeno en su identidad y convivencia.
El eterno regreso de la moda.
La historia demuestra que las modas funcionan como un ciclo. Una generación crea una estética; otra la abandona; años después, una nueva generación la descubre y la interpreta de una manera diferente.
El mejor ejemplo actual es la recuperación de la estética Y2K, relacionada con finales de los años noventa y principios de los 2000. Prendas, accesorios y estilos que parecían pertenecer a otra época han vuelo a aparecer entre las nuevas generaciones.
En 2026 se observa incluso el regreso de accesorios asociados con 2006, como cinturones llamativos, gafas de sol envolventes, aretes grandes y otros elementos que recuperan la estética maximalista de aquella época.
También han regresado tendencias relacionadas con marcas y estilos populares de mediados de la década de 2010. La nostalgia se convierte así en una herramienta para construir una imagen personal.
Pero hay una diferencia importante: los jóvenes actuales no necesariamente reproducen exactamente la moda del pasado. La mezclan con elementos contemporáneos.
Una adolescente puede utilizar una prenda inspirada en los años 2000, escuchar música actual, utilizar filtros digitales y construir un personaje visual completamente diferente al que existía en aquella época.
Es decir, la moda no regresa exactamente igual: regresa reinterpretada.
Del “look” al “aura farming”: cuando la personalidad también se convierte en tendencia.
Una de las expresiones que ha ganado popularidad en la cultura digital es “aura farming”.
El término hace referencia, de manera general, a comportamientos, imágenes o situaciones diseñadas para proyectar una determinada presencia, seguridad, estilo o “aura” frente a los demás. En el lenguaje de las redes, tener “aura” significa transmitir una personalidad que llama la atención o genera admiración.
Aquí aparece una característica fundamental de la época tecnológica: la identidad también puede convertirse en contenido.
Antes, un joven podía construir su reputación principalmente en la escuela, el barrio, el equipo deportivo o su grupo de amigos. Hoy esa identidad puede extenderse a un espacio digital donde participan personas que ni siquiera conoce personalmente.
Una fotografía, un video, una manera de vestir, una expresión facial o una determinada actitud pueden convertirse en elementos cuidadosamente seleccionados para comunicar quién se quiere ser.
Esto no necesariamente es negativo.
Experimentar con la apariencia, desarrollar creatividad y aprender a comunicarse son procesos normales durante la adolescencia. El problema aparece cuando la aceptación social depende exclusivamente de la reacción de los demás.
Si una persona comienza a preguntarse constantemente cuántas personas aprobarán su apariencia, cuántos “me gusta” recibirá o si está suficientemente a la moda, la tendencia puede dejar de ser una forma de diversión y convertirse en una fuente de presión.
Therians: entre identidad, comunidad y viralización.
Uno de los fenómenos juveniles que más preguntas ha generado recientemente es el de los therians.
El término se refiere a personas que manifiestan una identificación psicológica o espiritual con un animal no humano. Es importante distinguir esta experiencia de otras comunidades o expresiones culturales: no todos los jóvenes que utilizan máscaras, accesorios o movimientos relacionados con animales necesariamente viven la experiencia de la misma manera.
También es importante evitar una conclusión apresurada: no se debe etiquetar automáticamente a una persona como enferma simplemente por participar en una tendencia o subcultura.
El fenómeno tampoco apareció de la nada. Las comunidades therian tienen antecedentes en espacios digitales desde décadas anteriores, aunque TikTok, Instagram y YouTube han multiplicado enormemente su visibilidad.
Aquí se encuentra una de las claves para entender las tendencias actuales: Internet no siempre inventa las modas; muchas veces las amplifica.
¿Moda, identidad o necesidad de pertenecer?.
Durante la adolescencia, pertenecer a un grupo tiene una importancia particular. Los jóvenes buscan descubrir quiénes son, qué les gusta, con qué personas se sienten identificados y qué lugar ocupan dentro de su comunidad.
Por eso han existido tribus urbanas y subculturas durante prácticamente toda la historia moderna.
En los años cincuenta aparecieron los rockers; posteriormente llegaron los hippies, los punks, los góticos, los skaters, los emos y muchas otras expresiones juveniles.
Cada grupo tenía símbolos, música, ropa, lenguaje y formas de relacionarse.
La gran diferencia actual es la velocidad.
Una subcultura que antes podía desarrollarse durante años dentro de una ciudad puede adquirir reconocimiento mundial en cuestión de semanas.
Las redes sociales permiten encontrar personas con gustos similares aunque vivan a miles de kilómetros de distancia. Esto puede ser positivo porque un joven que se siente diferente puede descubrir que no está solo.
Pero también existe un riesgo: que el algoritmo termine diciéndole constantemente qué debe comprar, cómo debe vestirse, qué personalidad debe adoptar o qué comportamiento debe repetir para pertenecer.
Lo bueno de las tendencias.
No todas las modas son negativas. De hecho, pueden cumplir funciones importantes.
1. Permiten experimentar. La adolescencia es una etapa de exploración. Cambiar de estilo, descubrir música, probar nuevas formas de expresión o pertenecer temporalmente a un grupo puede ayudar a desarrollar la personalidad.
2. Favorecen la creatividad. Muchas tendencias combinan fotografía, música, edición de video, diseño, baile, escritura y moda. Un joven puede convertir una tendencia en una oportunidad para desarrollar habilidades.
3. Generan comunidad. Las redes permiten que personas con intereses similares encuentren espacios de convivencia y apoyo.
4. Recuperan la memoria cultural. Cuando los jóvenes recuperan una moda de los años setenta, ochenta, noventa o dos mil, también están descubriendo parte de la cultura de generaciones anteriores.
En ese sentido, la nostalgia puede convertirse en un puente entre padres, hijos, maestros y estudiantes.
Lo que también puede ser negativo.
El problema no está necesariamente en la tendencia, sino en la relación que una persona desarrolla con ella.
Una moda puede ser saludable cuando permite jugar, crear y expresarse. Puede convertirse en un problema cuando genera presión, dependencia de la aprobación externa, gastos excesivos, exclusión o pérdida de criterio propio.
La cultura digital también ha convertido a los adolescentes en un mercado de enorme importancia para las industrias de moda y entretenimiento. Actualmente, las marcas buscan comprender y captar a las nuevas generaciones a través de creadores de contenido, experiencias digitales y tendencias culturales.
Esto significa que detrás de algunas tendencias existe también una dimensión comercial.
Una estética puede comenzar como una expresión espontánea y terminar convertida en productos, accesorios, maquillaje, ropa y contenidos patrocinados.
Por ello, una pregunta fundamental para los jóvenes debería ser:
“¿Me gusta realmente esto o me gusta porque todos están diciendo que debe gustarme?”
El pasado frente al presente.
Comparar las modas de antes con las actuales permite observar algo interesante.
En décadas anteriores, la televisión, las revistas, el cine, la radio y los artistas influían en las preferencias juveniles.
Un cantante podía imponer una forma de vestir y sus seguidores tardaban meses o años en reproducirla.
Actualmente, un creador desconocido puede publicar un video por la mañana y convertirse en referencia mundial por la noche.
Antes existían ídolos.
Ahora existen comunidades digitales.
Antes la moda bajaba principalmente desde las celebridades hacia el público.
Ahora puede surgir desde cualquier usuario.
Esta democratización tiene una ventaja: más personas pueden crear.
Pero también genera una competencia permanente por llamar la atención.
Y en la economía de las redes, llamar la atención se ha convertido en un valor.
¿Estamos frente a una generación más superficial?.
Sería injusto responder afirmativamente.
Los jóvenes actuales no son necesariamente más superficiales que las generaciones anteriores. Simplemente viven en un ambiente donde la imagen tiene una presencia mucho mayor.
Los jóvenes de otras épocas también querían pertenecer, llamar la atención, sentirse atractivos, identificarse con artistas y formar grupos.
La diferencia es que hoy muchas de esas experiencias quedan registradas, comentadas y compartidas públicamente.
La tecnología no creó la necesidad humana de pertenecer.
La hizo visible y aceleró su circulación.
Por ello, juzgar rápidamente una tendencia puede impedir comprender qué hay detrás de ella.
Un adolescente que adopta determinada estética quizá simplemente está jugando con su imagen. Otro puede estar buscando una comunidad. Otro puede sentirse atraído por la creatividad. Y otro puede estar intentando expresar emociones que todavía no sabe cómo explicar.
No existe una sola respuesta..
Conclusión: no todo lo nuevo es malo, ni todo lo antiguo es bueno.
Las modas regresan porque la cultura funciona como un ciclo. Lo que una generación abandona puede convertirse en inspiración para la siguiente. Los pantalones acampanados, los estilos de los años ochenta, el grunge, la estética Y2K y las tendencias de mediados de la década de 2010 demuestran que el pasado nunca desaparece completamente.
Sin embargo, la tecnología ha transformado radicalmente la velocidad de ese regreso.
Hoy una tendencia puede cruzar fronteras en cuestión de horas. Puede convertirse en identidad, entretenimiento, negocio y forma de pertenencia al mismo tiempo.
Fenómenos como el aura farming y los therians muestran dos caras de esta nueva realidad. Por un lado, reflejan la creatividad, la necesidad de expresión y la búsqueda de comunidad de los jóvenes. Por otro, obligan a reflexionar sobre la presión social, la influencia de los algoritmos y la manera en que las redes participan en la construcción de la identidad.
La respuesta adulta no debería ser ridiculizar automáticamente aquello que no comprende.
Tampoco significa aceptar sin reflexión todo lo que aparece en Internet.
La mejor respuesta es preguntar, escuchar, investigar y acompañar.
Para los jóvenes, el desafío consiste en disfrutar las tendencias sin permitir que una tendencia defina completamente quiénes son.
Porque la moda puede cambiar. El algoritmo puede cambiar. Los seguidores pueden desaparecer. Pero la identidad personal necesita algo más profundo que una tendencia viral.
La verdadera libertad no consiste en estar siempre a la moda, sino en tener la capacidad de elegir qué conservar, qué transformar y qué dejar atrás.





