Ángela Peralta
El ruiseñor mexicano.Síntesis biográfica: María de los Ángeles Manuela Tranquilina Cirila Efrena Peralta y Castera murió en Mazatlán el 30 de agosto de 1883. Había nacido en la Ciudad de México el 6 de julio de 1845. Bajo el nombre artístico de “Ángela Peralta” se dio a conocer en México y Europa por sus dotes como cantante de ópera. Inició su vida artística a los quince años, edad cuando cantó por primera vez en el Gran Teatro de México, interpretando el personaje de Leonor de Il Trovatore. Debido a sus dotes operísticas, su maestro Lamperti decía que era “angélica di voce et di nome”. Ángela Peralta hizo su debut en la Scala de Milán, el 23 de mayo de 1862. Cantó las principales obras de los grandes autores de su tiempo. Además de cantante ejecutaba el arpa, el piano y era compositora. A pesar de que han transcurrido casi ciento cuarenta años desde su fallecimiento, sigue siendo la soprano más importante que ha dado nuestro país al mundo.
Por: Enrique Vega Ayala
Cronista de Mazatlán
Mazatlán, Zona Trópico, Sinaloa, México, a; 30 de agosto e 2026.- Pocos sucesos históricos tienen para los mazatlecos la trascendencia de la conmemoración del fallecimiento de “El ruiseñor mexicano”. Para prueba algunos datos: su nombre artístico se le impuso al antiguo Teatro Rubio, en los años cuarenta del siglo pasado, cuando se volvió Cine y no lo perdió ni al convertirse en ruinas. Para la celebración anual de la inauguración del Teatro era común que se realiza la representación mítica de la llegada fatal de la cantante al puerto. La denominación del Coro operístico de la ciudad no podía ser otro que el de la máxima soprano nacional de la historia; nadie lo cuestionó, no podía ser de otra manera en un ambiente donde su presencia es imperecedera. Ya en el pasado, los orfeones y las escuelas de enseñanza artística se bautizaban naturalmente con el mismo nombre; y, recientemente se apoyó la creación y puesta en escena de la ópera “La Paloma y el Ruiseñor” para rendirle homenaje musical a su memoria.
Por supuesto, el mundo cultural porteño ha influido en el terreno cívico en esta consideración respetuosa, pues en la localidad hay, por lo menos, dos calles nombradas oficialmente en honor a la máxima soprano mexicana decimonónica, lo mismo que una escuela pública, también uno de los miradores turísticos: la pérgola en la cima del cerro del Vigía; y, claro, el panteón donde reposaron sus restos.
¿A qué se debe la fuerza que tiene la figura de Ángela Peralta en Mazatlán?
Para intentar una respuesta a esta interrogante hay que ubicar, en primer lugar, la magnitud del hecho. El 30 de agosto es una de las pocas fechas en que Mazatlán está inscrito dentro del calendario de las efemérides nacionales. Ese jueves de 1883 ocurrió aquí un suceso que sacudió al país entero. La cantante mexicana más reconocida mundialmente en ese tiempo falleció en estas playas. La memoria colectiva nacional registra, además, el acontecimiento bajo la calidad estremecedora de “tragedia”, por las condiciones bajo las que sucumbió la eximia a los 38 años de edad: víctima de una epidemia, en la madurez de sus facultades artísticas, en la etapa que se considera comúnmente como la de plenitud de la existencia. Además, su muerte sucedió justo cuando buscaba recuperar su sitial público en la nación.
Todo ello denota una circunstancia propicia para la creación de un mito nacional. Desde 1882 había iniciado una gira nacional haciendo escuchar su arte en todas las localidades donde le fuera posible presentarse. Nota por nota, aplauso por aplauso se esforzaba por cosechar de nuevo los lauros perdidos. En los años anteriores a su deceso, debido a decisiones personales políticamente incorrectas y a cuestiones familiares que, al trascender, escandalizaron a las “buenas conciencias”, se había mermado el gran prestigio de que había gozado tras sus triunfos en Europa.
Llegó a nuestro puerto envuelta en el halo del triunfo, arrancado a costa de un esfuerzo que parecía inaudito en aquel tiempo. Un fanatismo inusual la empezaba a rodear. Para constatarlo, basta leer la solicitud que el regidor Alejandro Narcio le dirigió al Ayuntamiento porteño para pedir se solemnizara el arribo de la artista con la presencia de las autoridades locales. En esa carta Narcio señala: “¿Quién no está ansioso de conocer a esa artista mexicana que trae el canto celestial en su garganta? ¿Las playas mazatlecas que son pisadas por las graciosas y simpáticas mazatlecas, cuándo han sido pisadas por una mujer como la Diva de América Meridional, que mañana nos despertará con su dulce canto? …Yo la oí cantar en la capital de la República y puedo decir que los torrentes de armonía del canto de los ángeles fueron trasmitidos a Ángela Peralta para escucharla nosotros en la tierra”.
Sabemos que su presencia física en Mazatlán duró apenas un instante; pero, lo efímero de su estancia viva se multiplicó al infinito por el impacto histórico de su muerte. El dolor en el alma nacional, al momento de su pérdida, seguramente conmovió a toda la población. Desde ese momento la voz popular la colocó en la cúspide de la escena cultural. La nación entera la idolatró. Aún aquellos que no la escucharon, la admiraron con sólo saber del prodigioso don que poseía.
En el puerto sobraron, pues, razones para alimentar el culto a la Peralta. Si se pudiera contar, para efectos legales, el tiempo que sus restos estuvieron aquí, en su tumba del panteón N° 2, sin duda le tendríamos que otorgar al cadáver la ciudadanía mazatleca. No nació aquí; pero, fue parte de nuestra tierra por 53 años. Era el cadáver más famoso en el puerto.
El deceso en Mazatlán de “El ruiseñor mexicano” marcó nuestra historia, porque aquí nació su leyenda.





