Una narradora, ocho actores y los trajes del loco de la danza…
¡Es tiempo de carnaval! Hay que trabajar, pero necesito divertirme.” Parecen decir como si fueran un solo ente los ocho actores en la escena, que retratan casi de manera magistral el cúmulo de sentimientos que agobian a media humanidad, -por lo menos a la humanidad que vive para trabajar, que transita de país en país, y lucha por un estatus-.
Personajes enmascarados para ocultar su esencia, como fantasmas de fiestas carnestolendas y fantasmas como personas, los mismos que gozan la fiesta y sufren la vida o viceversa. Personajes que cosen y bailan para luego bailar y coser en un bucle interminable.
En una escenificación poco ortodoxa, pero interesante, los “danzantes del Alba” nos permiten cerrar los ojos y respirar profundamente para percibir con el resto de los sentidos, la alegría del cansancio, el sufrimiento y la festividad, pero también nos hace experimentar emociones que nos llevan a reflexionar sobre el dolor de la danza, la rutina y la fatiga.
“Danzantes del alba” es esta puesta en escena que a través de imágenes, danza, personajes, música y un público espectante, da como resultado un desboque de imaginería que seguramente nos sumirá en una inevitable meditación y quizá después de ello, no querramos quitarnos más las máscaras.
Los actores danzaron y la narradora dijo: “Aquí no se propone una escena, sino una hendidura”…
Nos leemos mañana.




