Conselva analiza por qué la falta de retención en los suelos acelera la escasez.
Todo mundo sabe que hay que cuidar el agua, el eslogan lo escuchamos de manera cotidiana, pero la realidad es que casi nadie dimensiona la verdadera escala del problema: cada vez queda menos de este recurso natural vital para la vida global. Sinaloa se ostenta con orgullo como uno de los estados más productivos del país, respaldado por la imponente geografía de sus once ríos y alrededor de trece presas; sin embargo, bajo esa fachada de abundancia, el territorio se está quedando sin agua. Son muy pocos los que hablan abiertamente de esto y, sobre todo, son contadas las voces que hacen algo siquiera para visibilizar que estamos ante un problema estructural que se irá agravando de manera irreversible conforme vaya pasando el tiempo. Cada vez habrá menos agua, y la inacción colectiva solo acelera el reloj.












Frente a este silencio institucional, Conselva, Costas y Comunidades, A.C. se ha consolidado como una de las únicas instituciones que se han preocupado de manera genuina por el estrés hídrico que atraviesa el estado de Sinaloa. Entendiendo que la información técnica debe democratizarse para generar un verdadero cambio, la organización desarrolló toda su investigación sobre la cuenca hidrográfica del Río Presidio y la puso en manos de periodistas que han seguido de cerca esta creciente problemática, a través de un taller de periodismo de impacto con enfoque hídrico. El diagnóstico es elocuente y desmiente la idea de que la escasez es un asunto meramente climático.



El verdadero conflicto radica en que el ciclo del agua se encuentra interrumpido en su flujo natural y constante. Para que el ciclo se complete con éxito, la evaporación y la precipitación deben ser sucedidas por la retención del suelo. Hoy en día, la tierra no solo recibe menos lluvia, sino que la poca que cae no la alcanza a retener debido a la severa erosión. Factores críticos como la deforestación, la tala ilegal y clandestina, los incendios forestales y la constante ampliación de la frontera agrícola y ganadera han dejado el suelo completamente expuesto. Al carecer de la protección de raíces, árboles, grava y arena —estos últimos extraídos de forma desmedida—, el agua de lluvia escurre con excesiva rapidez por las pendientes de las montañas, perdiéndose de manera definitiva al ir a parar al río que, eventualmente, desemboca en el mar. Sin capacidad de absorción en la parte alta de la cuenca, no hay infiltración que recargue las fuentes naturales.
A esta degradación del ecosistema se le suma una lista de factores humanos y administrativos que agudizan la crisis: la sobreexplotación de pozos, la actividad de la minería cuyos desechos terminan inevitablemente depositados en la cuenca, y un requerimiento de agua que crece año con año debido a la expansión de la mancha urbana. El problema no es solo ambiental, es de gobernanza. El tema del agua debería estar de manera obligatoria en más mesas de trabajo de la administración pública; lamentablemente, las autoridades no le ponen la atención que deberían. Hace falta un marco firme de políticas públicas que ayuden a la equitativa y correcta distribución del recurso, además de la protección urgente de la cuenca, la supervisión de los pozos y una estricta regulación sobre las concesiones de agua, definiendo con total claridad a quién se le va a entregar y cómo la va a usar.
Hacer llegar el agua hasta los hogares, además de abastecer a los campos de riego e industrias que requieren grandes cantidades para operar, no es una tarea fácil. Toda la infraestructura hidráulica que se ha desarrollado a lo largo de los años para cubrir cada rincón del municipio de Mazatlán está perfectamente diseñada para distribuir el recurso, pero no para fabricarlo. En un escenario donde cada vez hay menos agua disponible en las fuentes de origen, la operación de esta red se convierte en un reto cada vez mayor. Mitigar el estrés hídrico exige detener la tala clandestina, apostar por la reforestación y asumir, desde la administración pública y la sociedad, que la gestión del agua ya no se trata de abrir la llave, sino de proteger la cuenca que nos da la vida.








