Por: Fernando Barraza
La historia está ubicada temporalmente, unos días antes de un importante torneo de tenis, la protagonista -que se cree la mejor jugadora y es admiradora en cierto modo de cualquier personaje sobresaliente ya sea en el arte o el deporte-, está enamorada de su entrenador, y celosa de una competidora neozelandesa , en su afán de grandeza, se involucra en un juego que más bien pareciera la vida, anhela triunfar, sin embargo mientras se prepara para el juego definitivo, descubre que la lucha por el éxito, es una lucha contra ella misma, y esto la motiva a reflexionar sobre los sentimientos que manejados erróneamente la pueden convertir en su propio enemigo y por ende, no se permitirá conseguir ciertos propósitos.
Con un manejo de un delicado sarcasmo, la actriz hace que el público compadezca al personaje sin poder disimular una sonrisa. La música juega un papel importante provocando que “Grand slam” fluya espléndidamente, pues la actriz se apoya en una danza sutil y una lucha tanto física como mental sugerida de manera casi magistral.
Sin duda, esta excelente puesta en escena pretende mostrar las emociones que los humanos experimentamos cuando nos sentimos inferiores a otros y que cuando dejamos de lado nuestras obsesiones, las cosas salen mejor, y sin duda también; Valentina Garibay cumple su cometido, mostrando un estupendo manejo de la escena, con una madurez actoral y una condición de verdadera atleta, imprime esa especie de nerviosismo contagioso del personaje que lleva al público a los límites más inesperados emocionalmente; el llanto, la pena, la angustia, la envidia y la desesperación que hacen gala de protagonismo junto a Valentina, para hacernos vivir esta experiencia inolvidable…
En este “grand slam”, hay un solo ganador: el público.
¡Bravo!








