Mulatos la mayor parte, el carácter de los mazatlecos de 1793 era “de grosero estilo, ajenos a crianza buena, opuestos a los españoles que jamás han consentido aquí

  • De allí viene ese espíritu abierto y liberal del mazatleco, y su carácter jacarandoso y alegre, tanto como su visión cosmopolita les viene de los barcos que arriban desde antiguo a sus playas

Por: Investigación diversas fuentes y Archivo: Mazatlán Interactivo

Mulatos la mayor parte, el carácter de los mazatlecos de 1793 era “de grosero estilo, ajenos a crianza buena, opuestos a los españoles que jamás han consentido aquí, acostumbrados a la libertad por el mal gobierno y disciplina que han tenido, cuyos Jueces eran electos por ellos y las providencias de estos no se ponían en práctica sin anuencia de todos, juntándose en Cabildo”.

El carácter de las mujeres de aquel Mazatlán, por lo demás, era de “vil nacimiento”.

De este modo pinta a los habitantes del Presidio y Puerto de Mazatlán, a fines de la época virreinal, don Joseph de Garibay, primer gobernador político y militar del Presidio de Mazatlán (1792-1803), en una “Relación”, fechada en Mazatlán el 24 de septiembre de 1793, y que es un informe a don Pedro Neve, comandante general de las Provincias Internas.

El informe es negativo desde el inicio, contra esos descendientes de mulatos que jamás habían “consentido” a los españoles, pero que les cuidaban las puertas del mar contra piratas y de la sierra contra indios alzados a cambio de que les dejaran vivir relativamente a su modo.

Todos los pobladores, agrega el funcionario, “viven retirados en las entrañas del monte, cometiendo excesos y pecados públicos dignos del más pronto y eficaz remedio, sobre cuyo particular tengo dictadas las providencias a su corrección”.

Me hubiera gustado que don Garibay fuera más concreto. Sin embargo, sospecho que en aquella rígida sociedad de castas, clasista, racista y llena de prejuicios, en la que el modelo de vida hispana era el modelo a alcanzar, nada tiene de raro que aquel enviado de la Corona se escandalizara del espíritu libre, alegre y bullanguero de aquella sociedad de mulatos o pardos, instalados en Presidio (hoy Villa Unión) y Puerto de Mazatlán, y abandonados a la mano de Dios desde 1576.

Creo que de allí viene ese espíritu abierto y liberal del mazatleco, y su carácter jacarandoso y alegre, tanto como su visión cosmopolita les viene de los barcos que arriban desde antiguo a sus playas.

Don Joseph de Garibay habla del estado administrativo en que encontró el Presidio y Puerto de San Juan Bautista Mazatlán, mostrándose implacable, sobre todo porque teme un motín ante sus medidas:

Critica al gobierno ejercido por milicianos (fuerza militar formada por indios o mulatos), por “el detestable abuso de procedimientos que dispone el derecho para gobierno interior”; afirma que “apenas existen archivos”, por lo que se procede “verbalmente en todo género de juicio, sin formalidad de proceso, instrucción de letrado, de suerte que vulnerado de este modo el espíritu de nuestras leyes” (…), se han abocado encima (sus leyes propias) y no las conocidas por nuestra legislación, indultando o condenando a los delincuentes, en penas arbitrarias y sin aprobación superior”.

Ello, “abrigados del fuero militar que gozan, y que los capitanes han tenido de muchos años a esta parte el mando político y militar, recayendo estos empleos en los mismos Pardos, consanguíneos de los súbditos, como rústicos, incultos, enteramente lejos de ignorantes”.

Para acabar con esa situación, el señor Garibay sugiere formar oficiales para las cuatro nuevas compañías que se han de crear; sin embargo, deplora, “no encuentro sujeto de esta casta capaz de obtener estos empleos”, pues los que hay no tienen la “decencia que exige este carácter”.

Y aunque hubiera uno o dos, no llenan los requisitos porque no saben leer ni escribir, por lo cual no será fácil instruirlos en sus obligaciones y menos podrán obligar a que sus subordinados las ejecuten.

Aparte, dice, todos “son consanguíneos unos con otros”, con lo que no habrá el respeto para imponer las reglas, quedando toda decisión a la voluntad de los súbditos, como sucedía.

Garibay sugiere colocar a españoles de pueblos vecinos para ocupar los cargos de oficiales de los pardos que, durante dos siglos mantuvieron a raya a piratas e indios rebeldes, y aún con la larga distancia, socorrieron a regiones lejanas como Acaponeta y Sinaloa contra los indios mayos de Nío, Charay y Mochicahui en rebeldía.

Pero “encuentro el escollo de la opinión de estos para con los españoles y que clara y públicamente lo han vertido diciendo que no quieren ser mandados por ellos”.

Teme Garibay que hacerlo dé origen a una rebelión de parte de los pardos, máxime en momentos en que “no tengo de otra tropa en qué valerme para contener la audacia de estos”.

Por ello, para ejecutar estos cambios hacia un “buen gobierno”, Garibay propone que se hagan paulatinamente, “con mucha precaución” para no provocar “una conspiración o motín a que naturalmente es inclinada toda la gente plebeya”.

Tras dejar eso para lo que dispongan sus superiores, Garibay describe cómo era la vida en esos pueblos (Presidio y Puerto, que para el caso de la descripción eran casi lo mismo, aunque separados por cierta distancia).

“Los tráficos y labores de estos individuos son de labores del campo y crías de ganado mayor, con cuyos frutos se mantienen y abastecen la sierra de Pánuco, a donde viajan constantemente”.

Se queja de que se les ha sugerido sembrar algunas semillas que no acostumbran, pero no lo hacen “por la desidia de que están poseídos”.

Hace Garibay una detallada relación de edificios que había en Presidio, el mal estado del templo de la Purísima Concepción, de la casa cural (un jacal de bejaraque), la del Ayuntamiento, de adobe y techo de tepestle de otate y tierra suelta, igual que la cárcel contigua, donde en esa época tenían algunos presos por “delitos de incontinencia” (sexuales).

Las demás casas del pueblo –solo 15- son de varas trenzadas con enjarre de lodo y techo de palma o zacate.

No hay distribución de calles y están fuera de las reglas de Ordenanza, con monte en todo alrededor que, en tiempo de aguas, es abrigo de toda clase de “sabandijas ponzoñosas”.

Para proveerse de víveres, los pobladores deben ir hasta el Real del Rosario –a 18 leguas- donde los compran “demasiado caros, de inferior calidad y aun corrompidos”.

“El pan no se conoce en este pueblo, menos médico, ni botica ni a quién acudir en las continuas enfermedades que proporciona lo húmedo y lo cálido de este clima”.

Para comer, el individuo consigue “un poco (de carne) de vaca salada y unas mal hechas tortillas de maíz, como me está sucediendo”.

El caso es que don Garibay no está muy contento con esa Ínsula Barataria que le enviaron a gobernar, aunque si él come “vaca salada” (cecina) con tortillas, esos plebeyos a los que critica “se alimentan con raíz de maguey, que llaman mezcal, y otros yerbajos que tienen en costumbre para alimentarse”.

Eso les pasa, agrega, por dejar al pueblo sin abastecimiento de maíz y frijol y carnes, pues, por falta de trojes, todo lo sacan para la sierra.

Durante su estancia en este pueblo, da cuenta de que los pesos y medidas de semillas y comercio del lugar, están incompletos, “faltando a las varas de medir una pulgada de los cuatro palmos o cuartos que deben tener”, y preguntando, le dijeron que igual están que en el Real del Rosario. O sea, es lo común.

Del puerto de Mazatlán, a nueve leguas de Presidio, da algunas sugerencias para convertirlo en uno de los mejores puertos del reino.

Menciona la Isla del Venado, y a una milla, la del Armadillo, y se detiene en el Cerro del Vigía, llamado así porque fue desde siempre el puesto de observación de los milicianos para ver si llegaban embarcaciones.

Sugiere construir allí una “pequeña fortaleza” con ocho o diez cañones, y un almacén para la pólvora y las balas, para “que infunda el respeto necesario”, y que, con un disparo de cañón, den aviso a Presidio de cualquier novedad en mar o tierra y acudan los milicianos de inmediato.

El virrey en turno tomó nota del informe y aprobó algunas medidas, sobre todo en lo de fortificar el Cerro del Vigía, con más cañones y el almacén.

Nota:

La “Relación de Joseph de Garibay” es la base del opúsculo “La historia del Puerto de San Juan Bautista de Mazatlán”, de Héctor R. Olea, fue publicado en 1953. Junto con el hermoso texto “Un municipio y un hombre” (1953), de Alfredo Ibarra Rodríguez, se reeditó por el Archivo Histórico de Sinaloa en 2004 en un volumen titulado “Mazatlán a dos voces”.

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